domingo, 14 de septiembre de 2014

Tímidamente deja ver su cintura

Tardía, lejana, casi sin ojos, ni manos, ni lagrimas.
Distante, hostil, briago hasta la médula, asqueado, sonrojado, culpable.
Culpable, muy culpable.
Derrochando  llanto en los senos,
cayendo y cayendo sobre el mismo cielo.
Maniático de miedo, escondido, sin amor, sin odio. Solamente sentía una gran angustia.
Las cenizas eran una gran excusa, para soslayar esa carencia de conciencia.
Solo hacia falta que choquen sus sesos sobre el piso helado, sobre la lluvia arrasadora, el granizo. Las mentes destruidas, sin poder razonar ningún movimiento, sofocándose en las sabanas sin sentido.
Ayer era una fantasía, hoy era carne y pasión.
Pero no de las pasiones, mas bien, de los morbos que abundan en las calles, en los subterráneos, en los baños públicos. Era lo obsceno, ella lo comprendía, se lo habían explicado hace un tiempo, el fuera de escena y todas esas mierdas que le enfermaban la cabeza. Aun así algo de eso existía sino no tenia porque estar ahí parada, semi desnuda, con un vaso de vino que era tan violento como sus ganas de huir.
Obsceno, se le venia esa palabra una y otra vez a la cabeza, pero no era el concepto indicado porque a fin de cuentas, pese a todo, revoloteaba por su cuello.
Se vistió, lentamente, necesitaba sentir que estaba en el lugar indicado, besarle la sonrisa, mirarle por ultima vez, o por primera vez, mirarle como sintiendo el perfume a través de los ojos, pero sabia que eso no funcionaba, necesitaba la música de su cuerpo, las armonías, su cuerpo trasladado en cuerdas de metal, en distorsiones. Eso era lo que recordaría al otro día, y al otro y al otro.
Un recorrido, se le hervía la sangre, le miraba los ojos distraídos y se llenaba de ganas de abrazarle.
Pero aun así mantendría sus manos, sus uñas, su boca distante, moderada.
No vaya ser cosa que la pasión se le convirtiese en rutina.
No vaya ser cosa que la pasión le desentonara las cuerdas.
Quiso mirar su cuello, y ahí vistiéndose, volvió lentamente a sacarse la ropa, dejando a la intemperie sus senos, toda su espalda,
la cintura la sentía tímida,
quería una caricia.
Y ahí las manos, las cinturas, los ombligos, las clavículas y los jadeos se entremezclaron en escalas ascendentes, como si fuera canto de dioses
el intercambio de las carnes.