Cuando dieron las condenas el cuerpo se me dividió en mil
pedazos y estalle en llanto, como reflejo abrace al compañero que tenia al lado
y el me abrazo con su llanto, con su bronca.
Luego me metí entre la multitud roja, todos con sus
banderines y me perdi entre ellos, me perdí entre los muchos que lloraban y
gritaban porque teníamos una espina en el corazón que queríamos sacarnos pero
el estado no busca nuestro bienestar y por ser revolucionarios, de esos que
leen autores rusos, todo nos cuesta mas.
Llorábamos porque la bronca nos invadió, porque Mariano uno
como nosotros.
Llorábamos porque Mariano grito con todo el fuego de su alma
antes de morir, “por la unión de los trabajadores” y la bala que lo mato le
gritó “viva perón”.
Cuando divisé a mis compañeros fui corriendo a abrazar a
Kiki que parecía haber visto un fantasma y yo lo impacté con mi pecho y rompí en llanto. El solo me
abrazó suavemente con ese cariño que solo te puede brindar el compañero que
milita todos los días con vos.
Después vino Ana que parecía una niña recién castigada, con sus pelo ondulado y sus ojos rojos, su abrazo fue lento y doloroso.
Después vino Ana que parecía una niña recién castigada, con sus pelo ondulado y sus ojos rojos, su abrazo fue lento y doloroso.
Mas atrás estaba Matias que estoy segura que estaba
sintiendo lo mismo que yo, porque lloraba a mi ritmo.
Próximo a Matias estaba Sebi que me abrazó con sus brazos de
oso como lo haría un hermano. Me miro fijo con esos ojos verdes y me dijo:
Esto no se termina acá, no hay que bajar la lucha, no hay
que desmoralizarse.
Yo lo miré profundo tratando de convertir sus palabras en
consuelo, en medicina para mi alma.
Y todo lo demás fue canto bronca y suspiros.
