Lo veo en la primera bocanada encendido de revolución.
No puedo renunciar a esta sensación de pertenecer a la soledad.
En la segunda bocanada entiendo que estoy cegada por el encanto, el roce de pieles lo es todo.
Abro la ventana, se ha llenado todo de humo.
A la tercera bocanada no entiendo que hago en mi sillón, me abrigo y me disparo hacia su cama.
Otra vez desnudándome, sin sentido.
Pierdo la cabeza cuando toco su piel
Luego el vino me consuela.
Y me abraza otra vez la inmensa soledad, suave, amplia, intima.
Cuando llego sin sus manos, me sorprende mi imaginación
y mientras lo desnudo se lo menciono al oido


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