la hilera de entrada es un yugo de incapacidad de visión.
Me dio asco, sentí como esos cuerpos calientes eran alimentados por el negocio perverso.
Las mujeres eran carne, estaban en ropa interior. desfilando por las pistas con vaya saber cuanta merca encima. En sus ojos se veía la sensación agobiante de querer escapar.
Con yantas no entras, con remera tampoco, o si sos gordo, o si sos muy flaco. El gigante en la puerta decide tu destino y tus vergonzosos cien pesos quedan dentro de tu billetera.
Tanta carne desprovista de cariño, de lucha, de sangre, lloraba en un paso arengado,
en un baile de sexo sin placer,
sin orgasmo,
ni clítoris,
ni una mierda.
Eran llanto, yo los veía rebotando con las grandes ladys del lugar,
eran llanto, ahogaba su incertidumbre, su alienación, su ceguera.
Y de tanto en tanto intentaban manotear una nalga,
un beso, un seno, un cabello.
Cuando el de camisa blanca, perfectamente arreglada y su perfume, sus ojos verde agua, su sonrisa picara y sus aires de grandeza se acerco hacia mi, intente escucharlo, me remarco mis cualidades, y después de su lamento de cinco de la mañana con tristeza y totalmente impactada por el negocio, la droga, la explotación le susurre al oído:
que era hermoso, pero
que mi cuerpo era mas que puta joda de costanera.
Y allí quedo en medio de la calle, al amanecer con su miembro entre las piernas
y yo con la garganta entre las manos, asqueada de cigarros
tratando de escapar.