viernes, 27 de febrero de 2015

La paraguaya, el insomnio y su voz.

Con esa fachada de tanguero herido
Con ese caminar distante, despacio y su voz que todo lo puede.
Me ofrecía hundirme en el café de sus ojos.
De día me desplomaba sobre la lectura, las idas y venidas.
De noche me deslizaba lentamente por mis sabanas rojas, queriendo huirle a la cabeza. 
Hoy ya puedo dormir
Hoy ya puedo comer
Hoy ya puedo sonreír.
Aunque no deje los puchos, ni su vicio.
Aunque no deje el aroma de su susurro.
A las puteadas con el sol, descubrí que me importa un carajo que camine, pero me molesta saberle a mi lado.
A las puteadas con el sol, lo único que hicimos fue fumarnos hasta los cartones.
A veces creo que se pasa todo.
Y me inmovilizo ante cualquier movimiento
creyendo que aprendí a caminar.
Otra vez, termine en la florería con la paraguaya y nuestros lamentos
hechos carne
nuestro sudor en la frente
y la rabia que me quiero extirpar
no se va nunca.

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