viernes, 3 de diciembre de 2010

D E S A P A R E C I D A


Era desgarrante observarme, mi cuerpo pedía a gritos parar un segundo, pero no podía darme el lujo de hacerlo.

Debía seguir mi trabajo, vagón por vagón, debía hacer que mis ojotas no se gastaran mas de lo que ya estaban, debía ser una adulta a pesar de tener trece años, debía seguir por mi y por toda mi familia.

Me levantaba a las cuatro, si tenia suerte desayunaba un pan, si no tenia suerte, me lo imaginaba. Me calzaba mis ojotas y salía, pues un día laboral comenzaba nuevamente.

Empezaba en el tren de Constitución, seguía por el Sarmiento, caminaba desde once hasta chacarita. Ahí tomaba el tren de la línea San Martin y volvía a mi casa con cincuenta pesos en mi bolsillo, si no los tenia, dormía en la calle.

Una noche como cualquier otra volví a mi casa, pero tenia un problema, se me había roto una ojota y sabia que si no conseguía arreglarla iba a tener que caminar descalza.

Buscando un alambre para remendar mis ojotas, me encontré con dos hombres de estatura normal vestidos de traje y casi obligándome, me dijeron que los llevara a mi casa.

Allí hablaron con mi madre y prometieron cambios en nuestra vida, por un instante les creí, pero con el correr de los días supe que mentían.

Para mi apresurada conclusión tuve cierta expectativa, pues a los nueve días de esta conclusión volvieron aparecer, pero cuando me gritaron que entrara a su camioneta supe que debía huir.

No lo pude hacer.

En la camioneta estaba Adriana, una chica que yo conocía de mis “changas” en el tren, estaba golpeada y su tarea era enseñarme el oficio para así al llegar a ese lugar del terror yo podía empezar.

Lo que debía hacer era atroz y participaban dos hombres más.

Yo me negué a conocer la intimidad de estos hombres desconocidos.

Estuve a agua durante siete días y encerrada en un baño de vaya a saber donde.

Hasta que me sacaron de allí y me trasladaron a una casa muy amplia.

Allí me ví obligada a acceder al oficio pues me moría de hambre y yo sabia hasta que punto aguantaba mi cuerpo.

Me pare, comí y empecé el oficio.

Había días que temía de esos hombres, también, había días que no quería hacer el oficio y como consecuencia pasé días sin comer.

Era una sensación muy rara, era una mezcla de angustia con una fuerte presión en el pecho que me impedía respirar y hambre.

Recuerdo muy bien la ultima noche me golpearon fuertemente tanto que me impactante hacia el suelo y empecé a ver nublado, a no ver, a ver y en ese mirar vi como me llevaban a un descampado.

Sentí como me arrojaban y vi, nuevamente, como los hombres se alejaban.

No sé cuanto tiempo estuve tirada allí, solo se que algo se apoderaba de mi y me exprimía hasta hacerme desaparecer.

No sé si desaparecí, no sé si vivió o si estoy muerta.

Soy solo un pensamiento de angustia que invade mentes en las noches frías de domingo cuando te encuentras solo.

Solo…solo…solo… y sin nadie que te consuele, sin lagrimas, ni gritos, ni calor, ni frío solo.

Soledad.

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