se asemejaba mucho a mi cuando bebía
y no sabia donde estaba.
La mire a los ojos, estaba vacía y casi sin alma
vestía arrapos, pantalones ajustados y toda la carne saliendose por sus caderas
el umbral de su caminar eran esas tremendas nalgas, ya sin gracia, ya sin pasión.
Que terrible imaginar que sus labios austeros, envenenados, se sumergían sobre el.
Así que junte valor
y me acerque a ella
y la arranque a los tiros.
Uno
dos
tres.
Volví a casa, encendí un cigarrillo, tome mi medida de coñac
y lo llame,
Ahí estaba yo, amante de leguas
Encadenada a su espalda
Y el pidiendo a gritos acabar.
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