Subió al tren tambaleándose, chorreando sudor, sucio y con los ojos perdidos.
Llevaba el casco de la construccion en el brazo, vestía un mameluco marrón y unos borcegos negros.
Tenia los ojos claros lejanos, muy lejanos y un olor a cerveza insoportable.
Estuvo tumbado ahí un par de estaciones, agarrándose la cabeza como buscando algo.
Pero en realidad estaba totalmente vacío, desprovisto de sensibilidad.
Se paro, y comenzó a cantar suavecito y también a los gritos.
Cuando cantaba suavecito, mecía su cabeza en una cumbia dolorosa, casi un lamento, en cambio cuando gritaba parecía que el alma se le salia del cuerpo, parecía que gritaba su bronca, su llanto, su cansancio, su hambre.
Pronto se le acerco un guarda, le dijo lentamente que se tenia que bajar, que lo comprometía con su trabajo.
Sin chistar, el borracho se bajo, apenado quizás, o melancólico.
Saque mi cabeza por la ventana del tren lo observe tambalearse por las escaleras, rápidamente se alejo el tren de la estación y sus ojos verdes, grabados quedaron en mi, el borracho se iba cayendo por la vereda, por la estación, por los autos, por el suelo muerto de aquella construcción, por el suelo muerto de su casa, de su hambre, de su dolor.
Y en el tren solo quedaron las voces que decían que venia de un psiquiatrico, que siempre hacia lo mismo, que era indefenso.
miércoles, 23 de julio de 2014
martes, 8 de julio de 2014
Lear, el fuego y los pibes.
En la moto, las piernas me temblaban. No era de placer.
Me invadía el frío, las pesadillas de la noche anterior.
Casi al llegar se sentía ese olor a mierda. Veía la podredumbre
Los hombres de azul, los hombres de verde.
A penas un roce, los ojos de terror, su chalina a acuadrille, las manos heladas de Ivan, el recuerdo y la bronca.
La fuerza contenida en un solo canto, era fuerte, despiadada. Y lo era tanto como los ladridos de sus perros. Y era indomable, tanto como sus caballos.
El cinturón se sentía, por momentos volaba hacia algún recuerdo, pero realmente estaba viva ahí:
entre los llantos de limón y pimienta, en el ardor del rostro.
El fuego los quemaba, los apuraba, los machacaba. Avanzaron.
El fuego nos gatillaba, nos provocaba. Y avanzamos.
Las corridas, el terror de la militarización, la angustia.
Todo en un momento, todo eso invadiéndome la sangre.
Mis sienes estallaban, no iba a llegar a dar ese puto parcial, los compromisos, su cara tapada, su ira.
Los helicópteros, las luces, el humo de las gomas que atesoraba las filmaciones, casi cuidando nuestro cuero gastado.
Otro recuerdo, mi hermano, no lo había llamado, pensé en el.
Pensé, también, en ellos, en mis compañeros gastados, sucios, rebeldes.
Con esa sangre que es lucha, que te hace comezón en las venas y hace desear de la pelvis a la cabeza.
Socialismo.
Me invadía el frío, las pesadillas de la noche anterior.
Casi al llegar se sentía ese olor a mierda. Veía la podredumbre
Los hombres de azul, los hombres de verde.
A penas un roce, los ojos de terror, su chalina a acuadrille, las manos heladas de Ivan, el recuerdo y la bronca.
La fuerza contenida en un solo canto, era fuerte, despiadada. Y lo era tanto como los ladridos de sus perros. Y era indomable, tanto como sus caballos.
El cinturón se sentía, por momentos volaba hacia algún recuerdo, pero realmente estaba viva ahí:
entre los llantos de limón y pimienta, en el ardor del rostro.
El fuego los quemaba, los apuraba, los machacaba. Avanzaron.
El fuego nos gatillaba, nos provocaba. Y avanzamos.
Las corridas, el terror de la militarización, la angustia.
Todo en un momento, todo eso invadiéndome la sangre.
Mis sienes estallaban, no iba a llegar a dar ese puto parcial, los compromisos, su cara tapada, su ira.
Los helicópteros, las luces, el humo de las gomas que atesoraba las filmaciones, casi cuidando nuestro cuero gastado.
Otro recuerdo, mi hermano, no lo había llamado, pensé en el.
Pensé, también, en ellos, en mis compañeros gastados, sucios, rebeldes.
Con esa sangre que es lucha, que te hace comezón en las venas y hace desear de la pelvis a la cabeza.
Socialismo.
domingo, 6 de julio de 2014
Exactamente tocando la vida
Uniendo cuerpo con cuerpo
Frio. Calma. Miedo. Mucho miedo.
Hunde fuertemente sus manos, ella no vacila al mirarle a los ojos.
Mira por la ventana, imagina su existencia en otro lugar
uno donde no haya tanta porquería en la calle
tanto sabor amargo.
(aunque sabe luchar, mas bien, sabe que solo queda luchar)
No puede soportar mas, quiere exteriorizarse
Dejar salir la voz, la música, la vida
el placer, la medida justa para sentirse bien.
martes, 1 de julio de 2014
La noche que me deje
Nuestra relación siempre ha sido tensa, quizás porque queremos diferente o por que nuestros tiempos eran distantes.
La cuestión es que me había impactado el hecho de saber, de saberlo en otra mirada, de saberlo en otros obstáculos, idas y venidas que ya no me involucraban.
Quizás si yo hubiese mirado al costado, las situaciones se hubieran dado de otra manera. Pero no sucedió así.
Sucedió que el abismo de la frustración se metió por mi maldita ventana y me costo sueños terribles matarlo.
La incertidumbre de que quizás yo estaba en prendas menores en su almohada o que el placard resonaba en mi como canción de noche me atormentaba.
Cada noche me mecía en el abismo, en esa frustración e incertidumbre y me mordía los labios para no ir a lamerle los suyos.
Cada noche me mordí los labios pensando en los suyos, pensando en sus manos que se entremezclaban en mi cuerpo, ahh maravillosa sensación de placer.
Que delicioso.
Esa música sigue sonando en la sangre del blues,
esa música que son sus gemidos.
La cuestión es que me había impactado el hecho de saber, de saberlo en otra mirada, de saberlo en otros obstáculos, idas y venidas que ya no me involucraban.
Quizás si yo hubiese mirado al costado, las situaciones se hubieran dado de otra manera. Pero no sucedió así.
Sucedió que el abismo de la frustración se metió por mi maldita ventana y me costo sueños terribles matarlo.
La incertidumbre de que quizás yo estaba en prendas menores en su almohada o que el placard resonaba en mi como canción de noche me atormentaba.
Cada noche me mecía en el abismo, en esa frustración e incertidumbre y me mordía los labios para no ir a lamerle los suyos.
Cada noche me mordí los labios pensando en los suyos, pensando en sus manos que se entremezclaban en mi cuerpo, ahh maravillosa sensación de placer.
Que delicioso.
Esa música sigue sonando en la sangre del blues,
esa música que son sus gemidos.
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