Me invadía el frío, las pesadillas de la noche anterior.
Casi al llegar se sentía ese olor a mierda. Veía la podredumbre
Los hombres de azul, los hombres de verde.
A penas un roce, los ojos de terror, su chalina a acuadrille, las manos heladas de Ivan, el recuerdo y la bronca.
La fuerza contenida en un solo canto, era fuerte, despiadada. Y lo era tanto como los ladridos de sus perros. Y era indomable, tanto como sus caballos.
El cinturón se sentía, por momentos volaba hacia algún recuerdo, pero realmente estaba viva ahí:
entre los llantos de limón y pimienta, en el ardor del rostro.
El fuego los quemaba, los apuraba, los machacaba. Avanzaron.
El fuego nos gatillaba, nos provocaba. Y avanzamos.
Las corridas, el terror de la militarización, la angustia.
Todo en un momento, todo eso invadiéndome la sangre.
Mis sienes estallaban, no iba a llegar a dar ese puto parcial, los compromisos, su cara tapada, su ira.
Los helicópteros, las luces, el humo de las gomas que atesoraba las filmaciones, casi cuidando nuestro cuero gastado.
Otro recuerdo, mi hermano, no lo había llamado, pensé en el.
Pensé, también, en ellos, en mis compañeros gastados, sucios, rebeldes.
Con esa sangre que es lucha, que te hace comezón en las venas y hace desear de la pelvis a la cabeza.
Socialismo.

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