miércoles, 23 de julio de 2014

El borracho.

Subió al tren tambaleándose, chorreando sudor, sucio y con los ojos perdidos.
Llevaba el casco de la construccion en el brazo, vestía un mameluco marrón y unos borcegos negros.
Tenia los ojos claros lejanos, muy lejanos y un olor a cerveza insoportable.
Estuvo tumbado ahí un par de estaciones, agarrándose la cabeza como buscando algo.
Pero en realidad estaba totalmente vacío, desprovisto de sensibilidad.
Se paro, y comenzó a cantar suavecito y también a los gritos.
Cuando cantaba suavecito, mecía su cabeza en una cumbia dolorosa, casi un lamento, en cambio cuando gritaba parecía que el alma se le salia del cuerpo, parecía que gritaba su bronca, su llanto, su cansancio, su hambre.
Pronto se le acerco un guarda, le dijo lentamente que se tenia que bajar, que lo comprometía con su trabajo.
Sin chistar, el borracho se bajo, apenado quizás, o melancólico.
Saque mi cabeza por la ventana del tren lo observe tambalearse por las escaleras, rápidamente se alejo el tren de la estación y sus ojos verdes, grabados quedaron en mi, el borracho se iba cayendo por la vereda, por la estación, por los autos, por el suelo muerto de aquella construcción, por el suelo muerto de su casa, de su hambre, de su dolor.
Y en el tren solo quedaron las voces que decían que venia de un psiquiatrico, que siempre hacia lo mismo, que era indefenso.

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