domingo, 17 de agosto de 2014

A mis libros

Una mañana, no muy cálida, no muy fría, me sentía aprisionada por esta cantidad de sentimientos que me invaden, sentía como el agua del grifo caía sobre mi e igualmente me encontraba sucia, sentía como la toalla se restregaba por mi cuerpo y aun seguía mojada, sentía como cada objeto que rondaba a mi alrededor, que tenía una función específica no era útil.
Así como el sol no era útil, ni la tierra, ni un carajo.
Esa mañana, no muy cálida, no muy fría, me senté a contemplar la luminosidad que se adentraba por mi ventana, pasaron algunos vecinos que sonreían o escondían la mirada. De pronto sentí esa mierda que se te aloja en el medio de la tráquea y no te deja tragar, algunos dicen que es angustia, yo creo que es cobardía de no enfrentarme a la soledad o al desgano de tener que mirarle a los ojos como si no lo conociera.
Así que subí desesperada las escaleras y quise atravesar la biblioteca. Todos los libros se cayeron sobre mi cabeza, sobre mi espalda, mis brazos, mis dedos, mi pecho. Ahí estaban…esos libros que me acompañaron siempre, que me apañaron cuando el dolor era incesante, que me regalaron una tras otra alegría, que en definitiva eran la alegría constante de mi vida.
Tome un pasaje de R.  Sharma y me entendí entre esos amados libros:
“He tenido sueños y he tenido pesadillas. Supere mis pesadillas gracias a mis sueños
(…)

Empieza a amar otra vez la vida”


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