Una mañana, no muy cálida, no muy fría, me sentía
aprisionada por esta cantidad de sentimientos que me invaden, sentía como el
agua del grifo caía sobre mi e igualmente me encontraba sucia, sentía como la
toalla se restregaba por mi cuerpo y aun seguía mojada, sentía como cada objeto
que rondaba a mi alrededor, que tenía una función específica no era útil.
Así como el sol no era útil, ni la tierra, ni un carajo.
Esa mañana, no muy cálida, no muy fría, me senté a
contemplar la luminosidad que se adentraba por mi ventana, pasaron algunos
vecinos que sonreían o escondían la mirada. De pronto sentí esa mierda que se
te aloja en el medio de la tráquea y no te deja tragar, algunos dicen que es
angustia, yo creo que es cobardía de no enfrentarme a la soledad o al desgano
de tener que mirarle a los ojos como si no lo conociera.
Así que subí desesperada las escaleras y quise atravesar la
biblioteca. Todos los libros se cayeron sobre mi cabeza, sobre mi espalda, mis
brazos, mis dedos, mi pecho. Ahí estaban…esos libros que me acompañaron
siempre, que me apañaron cuando el dolor era incesante, que me regalaron una
tras otra alegría, que en definitiva eran la alegría constante de mi vida.
Tome un pasaje de R.
Sharma y me entendí entre esos amados libros:
“He tenido sueños y
he tenido pesadillas. Supere mis pesadillas gracias a mis sueños
(…)
Empieza a amar otra
vez la vida”
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