Cada rincón de su espalda era incertidumbre, le hacia pesar los parpados, se arengaba gimiendo.
Había bajado lentamente hacia su ombligo. Le molestaba. Aun así no podía controlar la temperatura de su cuerpo.
Fue hasta el cielo, a pesar de ello se sintió profundamente contraída, pensó al pasar que de ninguna manera esa carne vacía le quitaría el dolor, ni se compararía con su fantasía...cantarle sevillanas en las tardes de verano.
Cada una de las gotas de sudor que se deslizaban por su cuello, la trasladaba a escalas antiguas , y a pesar de todo eso,
y del placer,
de la nuca, la espalda, los senos,
la pared, la sabana desordenada
y el colchón que cuidaba de sus cuerpos desparramados de calor.
A pesar de todo eso,
la única fantasía que sentía sin cumplir,
no eran los porta ligas,
o las lamidas,
o los lugares peculiares,
sino que era caminar tranquila por los umbrales de la música,
oyéndole la respiración y la serena lucha,
su lucha.