Y arranco mis ropajes
y me volteo en esa cama
y me dejo sin aliento
El detalle eran sus labios
que lamían, que sabían a carne,
que por las noches ladraba
que se malhumoraban,
que se enterraban en una inmensidad
que eran esos mismos,
donde la boca era tan grande, un gran abismo
donde solo cabían las ganas de probarle el néctar
de arrancarle la sonrisa
de mirarle con cariño pero una pretensión mas profunda:
La sonoridad de su intenso gemido
en el silencio de la noche
volviéndose
tono y semitono.
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