martes, 28 de abril de 2015

Uno mas antes de dormir

Había bebido el jugo que quedaba en la heladera, que estaba rancio
y que sabia a moho y que ya habia dejado de ser naranja.
Pateo otra vez esa alfombra de la entrada, no sabia porque carajo estaba ahí, todos los días pensaba en tirarla. Aun permanecía ahí.
Después de haber apretado los dientes durante toda la noche, habia que trabajar temprano.
En las dos horas que tenia hasta el centro rememoraba cada segundo de su cuerpo, distante, cercano
rodeándolo por siempre
rodeándolo hasta dejarlo solo, completamente solo.
Que delicia seria que este ahí junto a el, pero nada iba a pasar.
Ella se paseaba de bar en bar, se paseaba de cama en cama
de sabanas ásperas, de puchos hasta la ultima seca.
Chupando una y otra vez esa pija que con tanto asco
habia aprendido a amar.
Y aun así le reclamaba su ausencia.

lunes, 27 de abril de 2015

Ellos saben que yo me voy sin saludar.

Intente cruzar avenida san martín,
pero quede del lado del bar.
Y ahí estaba otra vez, con las piernas bien estiradas, las medias mas finas que tenia, los borcegos negros, los cordones perfectamente enlazados.
Del otro lado, estaba el, risueño, perverso, escondido, dulce, sincero, pero oscuro.
Como he de saber si me miraba, o me tocaba en su mente, o me acariciaba sobre sus sabanas, sobre su almhoada alchonada.
Como he de saber que le gustaban los besos suaves en la espalda y en los brazos.
Como he de saber que después de las cuatro de la mañana ya no bebía, o que los puchos le dejaban ese sabor amargo que el detestaba.
Como he de saber que sus manos eran grandes pero suaves y que danzaba en mi una cierta melodía conjugada, maltratada por el aturdid de las calles.
De la estación federico lacroze, precisamente, donde ame y arme mi primera melodía atravesada por esa cortina de humo en mi cabeza.
Como sabría yo, que iba a vestirme e irme sin siquiera saludarlo.
Ellos deberían saber que yo no saludo, que me ducho con agua bien caliente, que desayuno
sonrío
y me voy
a comprar puchos
y caminar hacia mi vida

Que llegaste tarde, y te comió el cuello

No me cuentes que llegaste tarde, y que justo no habia nadie para convidarte fuego
y que tuviste que parar en un mercado
y que ahí estaba ella, con su pelo largo
con sus ojos tenues.
No me cuentes por favor, que el tren estaba demorado, que te tomaste otra linea, que te quedaste dormido
y que ahí estaba ella, con su pelo largo
con sus ojos tenues.
No me digas, no me hables de que te mamaste la vida
que te mamaron la vida
que te dejaste mamar.
No me cuentes, la puta madre, no me cuentes
que tu cuello rojo
no es el rojo de tu sangre,
de tu sangre de revolución
sino que son sus dientes afilados 
que lo desgarraron
y mi alma
y mi sangre
y mis medias.
No me cuentes por favor que es ella , la que estaba ahí 
con su pelo largo
con sus ojos tenues,
la que hoy en esta ronda de whisky
se pasea entre nosotros
y nos tienta al amor.

domingo, 12 de abril de 2015

Ypacaraí, y el delirio de la paraguaya.

Me secó la ropa, un gran gesto para un adicto a la cocaína, lo aprecie.
Se lo veía alineado y yo sumamente preocupada por el mundo de allá afuera,
deseando ese día.
El cielo se veía celeste y hacia un calor que rajaba la tierra.
Desnuda cocinaba porque hacia días que no comíamos decente.
El solo se dedicaba a mirarme porque yo era un objeto, su objeto delicado.
Casi tenia que rogarle que me tocara, me veía frágil, a pesar de mi fuerza.
La paraguaya decía que lo único que importaba era que nadie cantaba como yo la flor de ypacaraí, pero a mi me parecía muy delirante lo que decía, puesto que siempre me alagaba ebria.
En fin, seguía buscando una espalda donde descansar mi cabeza y mis manos.

Sus sabanas grises.

Se me cae la nariz: Bebo el té. Como el pan. Escucho a mi madre decir y hablar del feminismo, a mi padre que pinta la entrada de mi casa para ella, porque si no existiese, su vida. ¡Su vida no tendría sentido!
Yo tiemblo en silencio,
Nadie tiene que saber del insomnio.
Nadie sabrá de las atroces pesadillas.
Nadie conoce sus ojos bastardos, sus uñas carcomidas.
Cómo explicarle que yo viajaba una hora y media para chuparle la pija.
Me iba de su casa triste, porque sabia que no existían sus manos, ni las caricias.
Al azar, elegía un bar.
Ellas siempre me estaban esperando, me cuidaban, hasta algunos días me decían que hacer.
Mis chelas queridas, trigueñas, negras, rojizas.
Que placer



sábado, 11 de abril de 2015

Un polvito, un tirito.

En una esquina me levantaba la pollera, como si yo hubiese sido la que estaba sentada a su lado, en su auto.  Aunque, claro, el no era.
Yo estaba en otro lugar pensándole las sienes.
Me masturbaba porque el jadeaba y lo hacia porque yo lo provocaba,
Aunque…era igualmente aburrido, como cuando el colectivo no se acerca a la parada en la madrugada.
Al amanecer, me adentraba entre sus brazos, y me apretujaba en su pecho, pero rápidamente yo le quitaba la piel.
El era una estrella de rock, nada le importaba demasiado.
Los polvos.
Los polvos que me conmovían.
EL era eso, un polvito.

Un tirito.

Frotándose.

Yo entendía que era el final, cuando miraba mis manos distantes de esa fiera ardiente
que revoloteaba en mis venas.
Que no era yo, ni el, ni el vino, ni tampoco el pasaje del avión a Madrid.
Era su cuello, se que siempre lo repito,
pero es y sera mi vicio.
Y el vino, el buen vino
 ¡Eso también!
Se me flexionaban las rodillas al mirarle, también cuando viajaba en el tren urquiza yendo al trabajo
cuando caía de sueño
de no poder dormir
y querer hacerlo
noche tras noche
terminando así, entre las sabanas acariciándome dulcemente
buscando ahí lo que me faltaba en los ojos.