sábado, 11 de abril de 2015

Frotándose.

Yo entendía que era el final, cuando miraba mis manos distantes de esa fiera ardiente
que revoloteaba en mis venas.
Que no era yo, ni el, ni el vino, ni tampoco el pasaje del avión a Madrid.
Era su cuello, se que siempre lo repito,
pero es y sera mi vicio.
Y el vino, el buen vino
 ¡Eso también!
Se me flexionaban las rodillas al mirarle, también cuando viajaba en el tren urquiza yendo al trabajo
cuando caía de sueño
de no poder dormir
y querer hacerlo
noche tras noche
terminando así, entre las sabanas acariciándome dulcemente
buscando ahí lo que me faltaba en los ojos.

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