Me secó la ropa, un gran gesto para un adicto a la cocaína, lo aprecie.
Se lo veía alineado y yo sumamente preocupada por el mundo de allá afuera,
deseando ese día.
El cielo se veía celeste y hacia un calor que rajaba la tierra.
Desnuda cocinaba porque hacia días que no comíamos decente.
El solo se dedicaba a mirarme porque yo era un objeto, su objeto delicado.
Casi tenia que rogarle que me tocara, me veía frágil, a pesar de mi fuerza.
La paraguaya decía que lo único que importaba era que nadie cantaba como yo la flor de ypacaraí, pero a mi me parecía muy delirante lo que decía, puesto que siempre me alagaba ebria.
En fin, seguía buscando una espalda donde descansar mi cabeza y mis manos.
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